EL CAMELLO EMPLUMADO
Marisol Muñoz-Kiehne, PhD (“Doctora Marisol”)
Mel nació una noche oscura en el árido desierto. Cuando su mamá le lamió al nacer, notó que la piel de Mel se sentía diferente a la de su hermanita Melanie. En lugar del pelaje que abriga a los demás camellos, la piel de Mel parecía estar cubierta por algo suave y brilloso…. como el plumaje de las aves. Cuando su padre trajo una lámpara para apreciar al nuevo integrante de la familia, todos se sorprendieron al ver que Mel no era color marrón o café, ¡sino amarillo y naranja! Sí, Mel nació con un plumaje de colores brillantes.
El campamento donde la familia de Mel nunca había tenido un camello con plumas. Allí habían camellos con pelaje, y aves con plumaje, pero no habían otros camellos con plumaje. En el medio del desierto, los colores de Mel resaltaban en contraste con el trasfondo opaco de la arena y entre los otros camellos, cuyo pelaje era color marrón o café.
Cuando bebé, Mel era feliz. Disfrutaba jugando en la arena con su familia desde el amanecer hasta el anochecer.
Pero ir creciendo no fue fácil para Mel. Aunque sus padres le amaban, Mel sabía que calladamente se preguntaban por qué su Mel no era como todos los demás. Y Mel notó que Melanie parecía avergonzada de él frente a sus amistades…
Mel pasaba las horas y los días a solas, leyendo acerca del mundo más allá que el campamento donde vivía. Fantaseaba que era alguien diferente en un lugar diferente, soñaba con una vida diferente a la suya.
En la vida real, Mel sentía soledad. Aquellos quienes antes eran sus amigos ahora se burlaban de él.
“¡Mel puso un huevo!,” fastidiaban. Otros camellos jóvenes no querían estar con Mel solo porque lucía distinto a los demás.
“Mel es un pájaro extraño”, rumoraban, lo suficientemente alto como para que Mel los oyera.
Los sentimientos de Mel estaban lastimados y se sentía muy triste. Después de todo, Mel no escogió haber nacido con plumas… Su vida entera sería más fácil si luciera como los demás camellos.
“Soy tan infeliz… Quisiera ir a dormir y que al despertar fuera como los demás,” Mel decía para sí. Mas todas las mañanas amanecía tan emplumado como siempre.
A veces Mel escuchaba a los camellos adultos decir:
“Mel no es normal.” “Debe haber algo mal con Mel.”
Eso enojó y confundió a Mel. Se sentía como un camello normal. Tenía dos jorobas como todo camello, comía como los camellos, caminaba como los camellos, y dormía como los camellos. Mas los camellos no estaban supuestos a tener plumajes, ¿verdad que no?
En sus intentos por lucir más como los demás, una vez Mel consiguió un abrigo de piel y lo vistió sobre sus plumas. Pero se sentía incómodo, y el peso no le permitía moverse o caminar bien.
En otra ocasión, buscando lucir color marrón, Mel tiñó sus plumas. Pero el tinte hizo que se le irritara la piel, y el color se destiñó cuando se dio un baño.
Una tarde, Mel notó que algo estaba pasando en el campamento. Todos se estaban reuniendo alrededor de unas garzas que estaban de visita. Las garzas llevaban tiempo viajando, y habían ido donde nadie en el campamento había estado. Habían visitado tierras lejanas, y habían traído los objetos más extraordinarios: aros brillantes, tejidos con diseños elaborados, escritos en idiomas extranjeros… Las garzas estaban contando aventuras asombrosas y mostrando imagines de sus aventuras.
A Mel siempre le había interesado la vida en tierras desconocidas, así que se unió al grupo que rodeaba a las garzas para escuchar. No pudo creer lo que veía cuando vió unos retratos que mostraban lo que parecían ser ¡otros camellos con plumas!
No había uno, sino muchos camellos emplumados. Algunos eran rosados y rojos, otros eran azules y morados, y el plumaje de otros era distintos tonos de verde. De hecho, estos retratos mostraban camellos con plumas en todos los colores del arcoiris…
Mel se sentó por horas escuchando a las garzas visitantes, sumergido en sus cuentos y en las fotos que incluían a otros como Mel. Le gustaría tanto estar en esos lugares…
“Si tan solo yo fuera una garza, pudiera viajar lejos a donde hay otros camellos emplumados,” decía, y suspiraba.
Una de las garzas visitantes escuchó el lamento de Mel, se le acercó, y dijo:
“Mel, tú no tienes que convertirte en garza, y no tienes que lucir como los camellos a tu alrededor. Solamente necesitas amarte, descubrir tus talentos, ¡y perseguir tus sueños!”
Las palabras sabias de la garza inspiraron a Mel.
“Amarte,” repitió Mel. Sí, dentro de sí Mel apreciaba sus plumas y cómo le ayudaban refrescándole en los días más calientes. También en secreto sentía orgullo de sus colores brillantes que relucían bajo el sol.
“Descubrir tus talentos,” continuó Mel. Fue entonces que sacudió sus plumas juguetonamente y se percató de que bajo su joroba frontal habían estado creciendo un par de alas grandes y fuertes. Todavía era un camello, ¡que podría volar! Un talento muy especial para un camello…
“¡...y perseguir tus sueños!” Mel recordó. Esa noche Mel decidió cumplir su deseo de explorar el mundo más allá del campamento donde creció. Así que se despidió de su familia y su viejo hogar, y despegó vuelo.
Mel viajó a lugares donde los camellos tienen piel, o plumas, o ambos. Entabló amistad con criaturas de todas las formas y visitó tierras de muchos colores. Mel escribió cartas a su familia contándole de lo que conocía y aprendía en sus aventuras., Y cuando fue al campamento de visita, Mel les trajo a todos hermosos y refrescantes abanicos coloridos, hechos con plumas de camello.
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